Reflexiones de los Mensajes de la Virgen Maria en Medjugorje

Adoren Sin Cesar Al Santísimo Sacramento Del Altar.

Paty Gallego Season 4 Episode 155

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Cada momento que pasamos delante de Jesús en el Santísimo es un encuentro de amor. Mientras nosotros creemos que simplemente lo estamos acompañando, Él está derramando gracias especiales sobre nuestra vida, fortaleciendo nuestra fe, enseñándonos a confiar y regalándonos exactamente lo que nuestro corazón necesita, incluso aquello que ni siquiera sabríamos imaginar pedirle.

Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía tu espíritu y todo será creado y se renovará la faz de la tierra. Hoy continuamos profundizando en el mensaje del 25 de julio del 2026. Durante estos días hemos venido descubriendo a través de otros mensajes de la Virgen qué significa esa vida nueva a la que ella nos invita. Ayer reflexionábamos que la conversión comienza cuando permanecemos junto a Jesús en la oración y en la adoración para que él transforme nuestro corazón. Pero quizá alguien podría preguntarse: ¿qué sucede mientras estoy ahí delante de él? ¿Qué hace Jesús en ese silencio? La Virgen responde con una promesa llena de esperanza. Escuchemos sus palabras en este mensaje del 15 de marzo de 1984. "Queridos hijos, también esta noche les estoy especialmente agradecida por haber venido aquí. Adoren sin cesar al Santísimo Sacramento del altar. Yo estoy siempre presente cuando los fieles están en adoración. En esos momentos se reciben gracias especiales. Gracias por haber respondido a mi llamado". Ayer escuchábamos que Jesús nos transforma cuando permanecemos con él. Hoy la Virgen responde a una pregunta que quizá muchos nos hemos hecho: ¿qué sucede mientras estoy delante de Jesús? Su respuesta es sencilla y al mismo tiempo inmensamente consoladora. En esos momentos se reciben gracias especiales. Qué promesa tan hermosa. La Virgen no nos dice cuáles son esas gracias y quizá no lo hace porque Jesús conoce nuestro corazón mucho mejor que nosotros mismos. Él conoce nuestras heridas, nuestros miedos, nuestras luchas, nuestros cansancios, y conoce también aquello que está por venir. Por eso, mientras simplemente permanecemos con él, derrama sobre nosotros gracias que muchas veces ni siquiera sabríamos imaginar pedirle. Nosotros llegamos con nuestras propias intenciones. Le hablamos de nuestras preocupaciones, de nuestros problemas y de nuestros sueños. Pero él ve mucho más lejos. Él sabe exactamente lo que necesitamos y comienza a obrar en lo más profundo de nuestro corazón. Poco a poco sucede algo maravilloso. Sin darnos cuenta, empezamos a confiar más, dejamos de querer controlar todo, aprendemos a poner nuestras preocupaciones en sus manos y, poco a poco, también aprendemos a dejarlas ahí, porque descubrimos que él sí puede sostener aquello que nosotros ya no podemos cargar. Y esa confianza también es una gracia. Muchas veces entramos a la capilla de adoración pensando que somos nosotros quienes vamos a darle algo a Jesús, nuestro tiempo, nuestra oración, nuestro amor. Pero al final descubrimos que el más generoso siempre es él. Nosotros llegamos con las manos vacías y él nos espera con las manos llenas de gracias. No porque nos las hayamos ganado, sino porque nos ama y porque aprovecha cada momento que pasamos con él para regalarnos exactamente lo que nuestro corazón necesita. Quizá no siempre salimos con una respuesta, quizá no siempre sentimos algo extraordinario, pero con el paso del tiempo comenzamos a descubrir que tenemos más paz, más fortaleza, más paciencia, más esperanza, más fe Y comprendemos que mientras nosotros pensábamos que no pasaba nada, Jesús llevaba tiempo obrando silenciosamente en nuestro corazón. Por eso vale la pena permanecer, aunque el reloj nos diga que ya es hora de irnos, aunque la mente se llene de pendientes, aunque no sintamos nada especial. Porque mientras nosotros creemos que solamente estamos acompañando a Jesús, Jesús está sosteniendo nuestra vida, fortaleciendo nuestra fe, enseñándonos a confiar y derramando sobre nosotros gracias que ni siquiera sabríamos imaginar pedirle. María, Reina de la Paz, ruega por nosotros